lunes, 22 de noviembre de 2010

Me gustaba el sonido de sus "erres". Eran tan suaves, como el rugir de un león chiquito. Y cuando decía muchas palabras que tenían "erres" ese rugido era cada vez más amortiguado, como si me desafiara a seguirlo. Yo veía cómo hablaba y me dejaba arrastrar. Cuando estábamos juntos hablaba horas, dispuesto a llevarme a un vacío desquiciante lleno de rugidos. A veces me miraba y otras le sonreía al frente. Creo que se sonreía al imaginarme desesperada en su voz, en su mundo lleno de "erres". Llegué a pensar que hablaba sólo para volverme loca.
Sus "ces" también me gustaban. Me gustaban mucho. Sonaban con eco, parecían haber luchado para salir de la garganta. Su garganta me parecía una caja de Pandora. Una caja que nunca estuve dispuesta a terminar de abrir. Me conformé con sus "erres", con sus "ces", con sus rugires y sus leones.

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